Dolmen la Cueva del Monje

Dolmen Cueva del Monje en la Sierra del Molino

Salgo del pueblo por el cementerio para enfilar por la carretera de Burguillos. En la primera curva, junto a una nave de almacenamiento, abandono el asfalto para encauzar mis pasos por la suave bajada que sale a la izquierda. Enseguida llego a una fuente de agua potable con abrevadero de amplio pilón. Se trata del Pilar de Arriba. Cruzo el regato del mismo nombre por un pequeño puente de dos ojos para continuar por el camino arriba, que de inmediato se bifurca en dos ramales: El camino de Cubillo y el de La Zorra.

Pilar de Arriba y puente
Pilar de Arriba y puente

Elijo el más empinado de la derecha y mantengo la marcha por este tortuoso camino, que me conduce a pocos metros de la cima de Sierra Vieja. A medida que gano altura en continuo zigzagueo, puedo observar al volver la vista sugerentes perspectivas del pueblo que queda a mi espalda. Aprovecho para grabar en mi retina una preciosa instantánea de la pintoresca población con las casas apiñadas en torno a la iglesia y al amparo del castillo.

El pavimento conserva tramos del antiguo empedrado. Ancho y bien marcado, asciende flanqueado por cercados de olivos, almendros e higueras. En la vaguada se desarrolla algún huerto al que da acceso una rústica cancilla. Entre las piedras que bordean el camino, me llama la atención el color verde de los angüejos que las últimas lluvias hicieron brotar con profusión. En sus carnosas hojas en forma de embudo retienen el agua, pues su precario medio impide que el precioso líquido se mantenga al alcance de las raíces.

Vista del pueblo desde el camino de la Zorra
Vista del pueblo desde el camino de la Zorra

Corono por fin el puerto. Se trata de una collada que separa las alturas de Sierra Vieja y La Corona. Tras el remonte, me detengo para descansar y reponer fuerzas antes de acometer la conquista del pico culminante de todo el contorno. La belleza y amplitud del paisaje será superada por el que se adivina desde más arriba. Recuperado el resuello, me desvío por una senda que sale a la izquierda para afrontar el ascenso a la cima de la montaña.

En la ladera que mira al pueblo descubro algunos ejemplares de alcornoques, entre los que surge la silueta del enriscado castillo. Prosigo entre chaparros de buen porte sin abandonar la verea que me conduce a la cumbre señalizada con la geométrica construcción que indica el vértice geodésico (811 m). Me hallo en El Mirrio, donde puedo recrearme con la contemplación de la impresionante panorámica de las tierras circundantes, lo que justifica el apelativo de “Faro de Extremadura” aplicado a Feria.  A vista de águila, destaca la bella estampa del conjunto urbano asentado en un cerro a cuyos pies se extiende la llanura de Tierra de Barros y Campos de Zafra poblada de cereales, olivos, viñedos y manchones de encinares. Un territorio jalonado por los núcleos de población enclavados en estas feraces comarcas extremeñas: Almendralejo, Fuente del Maestre, Villafranca de los Barros, Los Santos de Maimona… con la Sierra Grande de Hornachos como telón de fondo. Hacia poniente la visión es diferente aunque no menos espectacular: un sucesión de montes y dehesas de encinas y alcornoques, que se pierden más allá de donde pueden alcanzar nuestros ojos.

Lástima que un incendio recientemente provocado haya dejado su negra sombra en estas alturas. Después de oxigenar los pulmones y de recrear los ojos con tan dilatado y relajante paisaje, emprendo el descenso para recuperar el camino abandonado en la collada y continúo la marcha cómodamente por seguir cuesta abajo. Viejos muros de piedra escoltan el sendero que ahora discurre por parajes más agrestes de encinas y jarales que se desbordan por los cercados. De su espesura llegan los trinos de diversos pájaros que ponen a prueba mi capacidad para distinguir las diferentes especies. También puedo observar, cerniéndose en el cielo, la silueta de un zurrimicle, que tendrá el nido en las escarpaduras de la sierra.

Sierra Vieja desde la Sierra del Molino
Sierra Vieja desde la Sierra del Molino

En el suelo me sorprende la fugaz aparición de algún conejo que se pierde con presteza entre la espesa vegetación serrana. El cuchichí de las perdices me llega con nitidez desde algún seto cercano y, al acercarme, se precipitan vertiginosamente ladera abajo. El agudo tintineo de los charquines contribuye al solaz de los sentidos. De pronto el estridente graznido de una collera de gayos del campo alerta a los habitantes de la floresta de la presencia de un inoportuno visitante. También oigo el campanilleo de algún rebaño de cabras que pastan en las cercanías.

 Para facilitar el pastoreo y las labores agrícolas, ripios de piedra se amontonan en algún sitio formando majanos, alguno de ellos en restos de antiguas construcciones ya derrumbadas, sirviendo de refugio a los animales y entre cuyos resquicios surgen alguna esparraguera. Otras plantas silvestres salen al paso por doquier: chaparros, retamas, jaras, jaguarzos, cantuesos, torviscas, ardeviejas, lecheras… sin faltar el recatado tomillo que insinúa su presencia con la delicadeza de su perfume. Además de otras especies que la inminente primavera vestirá con sus mejores galas.

Primavera que ya anuncian los tempranos almendros decorando el panorama de la campiña que se extiende desde las faldas de la sierra hacia el sur. Se trata del valle por donde discurre el curso de agua conocido como La Rivera, que salva por el puente del Charco del Chorro la pista de La Lapa. Un recoleto y apacible pueblecito en la cañá que delimita la Sierra Alconera y una cadena de cabezos de menor altura. Más lejos se distingue también la ciudad de Zafra.

 Mientras bajo por el camino principal (en lugar de apartarme a la derecha por el conocido de Catameque, que a través del valle de Las Viñas y el Cabezo Suárez llevaría directamente a la Sierra del Molino), me tropiezo con un pastor que regresa con su rebaño de cabras. Animales estos muy adaptados a estos rústicos predios. Un territorio habitado y transitado desde tiempos inmemoriales por los agricultores y ganaderos de la zona. Los instrumentos prehistóricos encontrados, así como el mismo monumento que me dispongo a visitar, revelan la existencia en estas breñas de pobladores humanos hace más de cinco mil años.

Buharda de la Murta en la falda de Sierra Vieja
Buharda de la Murta en la falda de Sierra Vieja

Diversas construcciones de piedra, me relatan las costumbres y faenas a las que se han dedicado los vecinos desde que se aposentó en estos parajes y su relación con la naturaleza: puentes, cercas, calzás, aguardos, cancillas, majanos, cabañas, corralizas, hornos, pilares… o antiguas eras, formadas por bancales para nivelar el pavimento, destinadas a la trilla del cereal y las legumbres tras la siega. En el paraje conocido como La Murta descubrimos otra típica muestra de la arquitectura popular como son los chozos de piedras o buhardas. Este sin enlucir con falsa cúpula cubierta de barro, con jambas y dintel en la portada protegida por un corralillo exterior a modo de vestíbulo.

 Su recuerdo y conservación es tarea de todos. Lástima que nos hayamos decantado por su olvido y destrucción. Como alguna sencilla casa de campo con su tinajón, por desgracia muy deteriorada y en estado ruinoso, que refleja como un espejo el abandono en que se va hundiendo nuestro patrimonio etnográfico sin remedio. Prueba de este desinterés son las frecuentes visitas de los “cacharreros” para comprar por cuatro perras preciosas muestras de este rico patrimonio que luego venderán los anticuarios a precios exorbitantes. Para mi consuelo, la naturaleza me regala generosa su renovada riqueza con algunos interesantes ejemplares salpicando el paisaje: Cornicabras, tileros, lentiscos, galaperos, madreselvas, zarzaperros entre otras especies herbáceas y arbustivas más abundantes, que ponen un toque de esperanza, colorido y amenidad en el paisaje.

Era del Camino de la Zorra
Era del Camino de la Zorra

El camino, que no he abandonado hasta ahora, sino para subir la cima de Sierra Vieja, desemboca en otro de mejor estado: se trata del Callejón de Sevilla por el que avanzo unos pasos. La floración de los almendros convoca un zumbido de insectos que pueden resultar peligrosos. Las laboriosas ovispas (abejas) que pululan por la zona bien saben de la riqueza botánica de la sierra; desdeñada por el hombre que se empeña en destruir con actividades como la caza exhaustiva, la deforestación sistemática y el fuego intencionado. A la izquierda distinguimos una colmena de panales o marcos móviles que han sustituidos a los primitivos corchos. La apicultura, ya en regresión, era una de las actividades tradicionales de la localidad. Emplazada en El Alcornocal, el mismo topónimo nos informa del que antaño sería árbol dominante de este degradado paisaje.

 Pero antes de alcanzar este cauce, localizo a la izquierda un par de casas de campo: una más remozada y encalada y la otra de aspecto más descuidado. Es el momento de dejar el camino, que nos llevaría al pueblo mencionado, para acercarnos al dolmen, objetivo principal de nuestra excursión. Para ello debemos sortear o saltar la cancilla de hierro que se encuentra a la derecha, cerca de las casas. Desgraciadamente, las agresivas alambradas han sustituido a los tradicionales muros de piedra que hasta el momento cercaban las parcelas. Sin abandonar las roás o rodales marcados en la finca nos dirigimos hacia el valle que se encuentra hacia la ladera de poniente tras remontar un pequeño ribazo.

Casas de campo cerca de la Rivera
Casas de campo cerca de la Rivera

Cerca del arroyo de las Viñas, en el valle homónimo, descubrimos otra buharda que nos servirá de referencia para llegar al dolmen. Este se encuentra justo al otro lado de este regato estacional, y aproximadamente a la misma distancia que la pétrea construcción pastoril. El monumento prehistórico es muy difícil de distinguir oculto entre las retamas que proliferan en sus inmediaciones. Cerca se encuentran varios fresnos y algún esbelto chopo como vestigio de lo que antaño debió ser un exuberante bosque ribereño al arrimo del humedal. En la actualidad, cada vez más escasos por la desafortunada intervención del hombre que sigue abatiéndolos y ensañándose con ellos acelerando la erosión y el empobrecimiento del terruño.

Algo más abajo se encuentra un puentecillo que nos facilitará cruzar el riachuelo, oculto entre la maraña verde de aldefas y zarzales. Debo de encontrarme en las inmediaciones del dolmen. Pero antes de llegar al puente otra alambrada de espinos me corta el paso; así que intento vadear el regato por un paso de ganado junto a un viejo chopo. En cualquier caso, sin  perder de vista el chozo de piedra que al otro lado me sirve de referencia.

Subimos una pequeña prominencia y buscamos un acceso para evitar los alambres. De pronto entre unos matorrales, nos topamos con el dolmen (del bretón dol ‘piedra’ y men ‘mesa’) conocido popularmente como Cueva del Monje. Está formado por siete grandes bloques de pizarra (megalitos) a modo de recinto o cámara de planta poligonal con un corto corredor, pero le falta la cubierta o gran losa que en posición horizontal se apoyaba sobre las verticales. En su origen, estaba como la mayoría de ellos bajo un túmulo que destacaba en el entorno. Su función no era exclusivamente funeraria: Además de servir para entierros sucesivos, era un centro de culto que reforzaba la identidad del grupo marcando el territorio en el que se asentaba con una inviolable voluntad de permanencia.

Este monumento, que ha llegado hasta nosotros a pesar de tanta incuria (si bien incompleto y expoliado como tantos por buscadores de supuestos tesoros), es testigo y testimonio del asentamiento humano en estos parajes desde que abandonó la vida nómada y se hizo sedentario, dedicándose a cultivar la tierra y a domesticar los animales, a segar los cereales y a moler el grano con utensilios (hoces, hachas, morteros) de piedra.

Dolmen Cueva del Monje en la Sierra del Molino
Dolmen Cueva del Monje en la Sierra del Molino

Aquí podía disponer de todo lo necesario para subsistir sin incertidumbres ni sobresaltos: Valles feraces y verdes colinas, corrientes transparentes y fuentes de agua refrescante, vergeles y praderías para el ganado, cerros para la defensa y piedras para sus viviendas y herramientas, caza y pesca en abundancia, frondosos bosques y vegetación exuberante, frutos a granel y leña para cocinar y calentarse. Arraigados es un entorno paradisíaco del que no podían ser expulsados porque allí habían nacido y seguían alojados sus ancestros (para ellos desde la creación del mundo). Muestra de ello era esta tumba hincada en la Madre Tierra y destinada a albergar en su matriz (no en vano adopta esta forma) el cuerpo místico de los antepasados para que fueran engendrados a una nueva vida, en otra dimensión.

El dolmen, templo-útero divino, está siempre vinculado a esta diosa de la fertilidad: La tierra como generadora de la vida de las plantas, se asimila a la fecundidad de la mujer, fuente de la vida de los hombres. Además su entrada está orientada al sur-este (al sol naciente en el solsticio de invierno), pues el renacimiento del astro rey (dios padre, principio masculino) tras el invierno propiciará la regeneración de la naturaleza y de la vida. Una vida perdurable como la piedra de esta obra imponente (para las posibilidades de la época) y sólida; capaz de resistir como ninguna otra obra humana el paso del tiempo.

La semilla ha de enterrarse para que germine y fructifique. Así también, el hombre, nacido de la tierra, regresa a su seno maternal al morir para renacer en su momento, como la espiga y la flor en primavera; como renace el sol y vence las tinieblas de la muerte cada día, cada año. El eterno retorno en el que los ritmos biológicos de animales y plantas (nacimiento, vida, muerte, renacer…) se vinculan con el movimiento cíclico de los astros en el firmamento: solsticios, estaciones, salida y puesta del sol, etc. Por eso se asienta en un punto estratégico de especiales condiciones, al concentrar y canalizar favorablemente las corrientes telúricas del subsuelo. Enclave privilegiado que con frecuencia se ajusta a un determinado patrón: Sobre un montículo al amparo de una sierra, en las cercanías de una fuente o un arroyo que discurre suavemente desde un punto donde resulte visible el territorio enmarcado por una serie de montes y colina, donde se diseminan algunas chozas y cabañas.

Pilar de la Fontanilla en la Sierra del Molino
Pilar de la Fontanilla en la Sierra del Molino

Abandono estas piedras milenarias hasta encontrar el puentecillo situado corriente abajo y sobrepasar por una verea la cresta de la Sierra del Molino. Desde aquí puedo distinguir las cotas de sugerente toponimia que rodean el lugar: la Sierra del Palacio, la Bejera, la Pascuala… el Cabezo del Espino. Sin abandonar el sendero, me acerco al pequeño embalse conocido como Albuhera Nueva en la cabecera del río Guadajira, donde sorprendo a varias parejas de patos que alzan el vuelo al barruntar mi presencia. He llegado al final del trayecto. Retrocedo sobre mis pasos hasta La Fontanilla, un pilar situado en las proximidades del dolmen que me reanima con un refrescante sorbo de agua. Desde aquí, decido regresar por el cabezo Suárez, hasta empalmar con el Callejón de Sevilla. Siempre con la vigilante esfinge de Sierra Vieja, que presenta la mole de su robusto lomo recortándose en el horizonte. Guardiana del secreto de los hombres y mujeres que la eligieron como ídolo protector de la tribu, de su ganado y de su cosecha; espectadora impasible de sus trabajos y de sus días, de sus regocijos y ceremonias, de su vida y de su muerte… Gran-diosa tutelar que conecta el mundo subterráneo con la bóveda celeste.  El dios solar declina en el horizonte. La paz reina en el clan tras las faenas cuotidianas.

Pero no falta mucho para que ruido de metales resuene en la distancia. Flamantes armas de bronce, elitistas y costosas, echarán chispas en manos ajenas quebrantando la serena placidez de la naturaleza. Las creencias inmemoriales, la adoración a la Naturaleza (sol, tierra, ríos, montañas…) y los rituales ante la tumba de los ancestros allí inhumados caerán en el olvido. Se implantará un nuevo sistema basado en el sometimiento de los pacíficos campesinos al impetuoso y arrogante caudillo; el cual se erigirá en su fortín  como representante e intérprete de la voluntad de los nuevos dioses más intolerantes y vengativos. También acaparará los bienes además del poder (estelas de guerreros enarbolando sus armas). Y como consecuencia, se afianzará el dominio y la sumisión, el privilegio y la desigualdad, el individualismo y la rivalidad… Con la transmisión de estos “valores” a las nuevas generaciones.

Camino entre olivos y almendro por el Cabezo Suárez
Camino entre olivos y almendro por el Cabezo Suárez

Si los viejos levantaran la cabeza…  Me contaron que zahoríes modernos como radiestesistas y geobiólogos, al sondear estos monumentos megalíticos, han sentido reacciones muy fuertes en sus inmediaciones. Bajos sus mágicos efectos, me dejo llevar en la nube de mis ensueños y especulaciones intentando descifrar el misterio de estas piedras. Después de un corto trecho por Las Viñas, tuerzo a la derecha siguiendo la estela del camino de Catameque para alcanzar el alto de La Zorra hasta el Pilar de Arriba. Alguien rompe el sortilegio haciendo que ponga los pies en la tierra al preguntarme que si vengo de por espárragos.

Mapa de la ruta

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