Cañón del río Lobos

RUTA POR EL CAÑÓN DEL RIO LOBOS

Poco después de rebasar el pueblo, abandono la carretera junto al puente del río Ucero donde dejo el coche, ya que, en lugar de continuar por la pista asfaltada, prefiero bordear a pie el cauce del río que discurre por el centro de cañón hasta llegar la zona recreativa de Cueva Fría. Es una tibia mañana de un día de septiembre. Por el oeste aparecen unas nubes inquietantes que por un momento ocultan el sol. Guardo el chubasquero en la mochila con lo indispensable pasar un día de relajo recorriendo el cañón por una ruta perfectamente señalizada.

Desde el principio hacen acto de presencia los tres elementos naturales del paisaje que no me abandonarán en todo el itinerario: la roca caliza, las sabinas y los buitres. Los coches pueden llegar hasta la zona de Valdecea, donde una fuente me invita a echar un trago de agua y llenar la cantimplora antes de adentrarme en el parque. Continúo por la senda que discurre a la izquierda del río, más angosta y menos transitada que la pista de tierra, caminando ahora entre intrusos pinos y álamos de esbelto porte, que han desplazado al oriundo sabinar, mientras exóticas hojas de lotos flotan en el agua.  El suelo aparece salpicado  de quitameriendas o espantapastores, estos pequeños lirios así como las primeras hojas amarillas caídas de los álamos indican claramente la estación del año: Un recién estrenado otoño tras el prolongado estiaje que acusa la escasez del caudal del río.

El centro neurálgico del parque, donde confluyen la angosta senda y el más amplio camino, lo constituye la zona donde se encuentra la ermita de San Bartolo, como es conocida familiarmente por los paisanos. Emplazada a poca distancia del último aparcamiento, es el destino de la mayoría de los visitantes para realizar la fotografías de rigor tras el breve paseo. Ciertamente es el marco más fotogénico y donde me permito entretenerme captando con mi cámara algunos de los detalles que atraen mi atención: escarpes y acantilado rocosos horadados por los agentes atmosféricos, la Cueva Grande en la que me adentro, sabinas y buitres… Y la joya de la corona: la fascínate y misteriosa ermita de San Bartolomé ya referida con sus óculos o rosetones y sus enigmáticos canecillos. Un lugar donde la historia, el arte y la naturaleza se conjuran para ofrecernos una estampa cautivadora y sorprendente.

La ermita ha suscitado toda clase de interpretaciones y de elucubraciones por los amantes de lo exotérico. Considerada, como el castillo del pueblo de Ucero, sin demasiado fundamento de origen templario. Y como todo lo relacionado con el temple, hoy en día tan en boga, desata la imaginación calenturienta de toda la caterva de paranormales y paranoicos de todo pelaje y catadura. Alguien ha descubierto que está a la misma distancia de los dos puntos extremos del norte peninsular: los cabos de Creus y de Finisterre. Circunstancia lo que ha contribuido a propagar el misterio y la fabulación.

Rebaso el río por un rústico puentecillo de madera para adentrarme en el interior de la Cueva Grande desde donde dirijo la cámara hacia el exterior siempre con la ermita templaria como protagonista (ver imágenes).

Dejo el mágico entorno de la iglesia románica y continúo remontando el curso del río recubierto en los tramos más lentos por capas de loto, una planta invasora de este territorio. Pronto llego a otro lugar característico y emblemático de la ruta. Se trata del Colmenar de los Frailes, un espectacular risco calcáreo que sobrecoge por su verticalidad. En un hueco se conservan, como testimonio del topónimo, algunas colmenas hechas con cortezas de troncos.

Avanzo por la bien marcada senda hasta los meandros de la fuente del Rincón (que en esta ocasión está seca o se oculta a mis ojos)  caminando continuamente entre cantiles verticales y escarpes rocosos sin dejar de advertir la presencia de los buitres que  vigilan desde las alturas y que en ocasiones remontan el vuelo evolucionando majestuosos en el espacio. Estamos en la zona de la Cueva Negra que puede verse a media altura del roquedal.

En la arboleda, un bando de rabilargos de inconfundible plumaje se pone en alerta con su característico chillido al advertir la presencia de un intruso en el bosque hasta que desaparecen sigilosamente. El cielo, que ha permanecido despejado tras la amenaza inicial, ahora se va cubriendo de nubes más cada vez más oscuras, amenaza que no consiguen disuadirme de proseguir la marcha.

El llamado pozo de Perín, a la sazón apenas es una charca aislada a donde acuden a abrevar los animales, se salva gracias a un pasadizo acondicionado en la roca. Al otro lado una hilera de chopos tratan en vano de competir en altura con los farallones que a partir de aquí se separan dando paso a un paisaje más abierto y menos espectacular. El agua al filtrase deja al descubierto el lecho pedregoso haciendo innecesarias las pasarelas de bloques de piedra para cambiar de margen vadeando la corriente. La ruta se adentra ahora en un apiñado pinar. El cielo, poco antes cargado, empieza a despejarse dejando que el sol se asome entre las nubes. Parece ser que la amenaza de la tormenta se ha disipado definitivamente. Suerte porque, parece ser que estoy llegando al final del trayecto y todavía tengo que desandar el camino para regresar al punto de partida. Cuando ya el cansancio está haciendo mella, aparece a la vuelta de un recodo, el puente de los Siete Ojos. Es el punto que marca el final de la ruta.

El regreso, conjurada al fin la amenaza se resuelve en un plácido paseo de un apacible atardecer. La naturaleza, librada del bullicio, se serena y los animales recelosos del hombre aparecen fugazmente a una distancia prudencial dándome la oportunidad de contemplarlos (cervatillos, zorros, ardillas, buitres, serpientes, ranas, urracas, petirrojos…) y captarlos con la cámara.

©jjferia

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