El Escalerón y La Raya

ESCARPE Y LAGUNA DE UÑA

El mes de agosto (otro más del siglo que ha batido el record de altas temperaturas del cada vez más ardiente y dilatado verano). Los turistas ya se baten en retirada a sus cuarteles de invierno (es un decir) dejando el campo  para sus naturales habitantes: campesinos, animales salvajes y otras alimañas como este viejo vagabundo.

En su incesante deambular se ha dado de bruces con un cervatillo sorprendido que ha puesto tierra por medio a escape en dos zancadas y con varios buitres que se lanzan en volandas desde las buitreras, derrumbaderos donde tienen sus nidos, quedadas y posaderos.

Ya no hay cuidado ni zozobra de toparse con seres humanos intrusos por estos andurriales, aún tratándose de una ruta muy transitada (iba a decir rutinaria) y marcada como es debido. El calor ha disuadido a estos indeseables y ruidosos visitantes, máxime a estas horas meridianas ya que las temperaturas sofocantes los empuja y encierra en sus artificiosas y cómodas covachas.

El temerario andarín camina inasequible al desaliento, primero entre pinos invasores como él mismo, para después, al borde del precipicio se asoma al pueblo de Uña, localidad de la que dice Sebastián de Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana o española (1611) lo siguiente:

«Uña, villa en el obispado de Cuenca, y aunque es pequeña tiene cosas muy notables; entre otras una laguna muy grande, con tanta abundancia de truchas, que están perpetuamente saltando sobre el agua. Los pescadores entran a pescar en unos pedazos de troncos de una pieza a manera de artesas y la laguna es hondísima. Tiene otra particularidad, que parece mentira: una isla con hierba que se apacienta en ella ganado, y algunos arbolicos; esta corre por toda la laguna, siendo llevada de los vientos. Está fundada en cierta manera de piedra esponjosa, que es como toba. (Ovidio, lib. 15 Metamor., por cosa maravillosa cuenta de las islas Simplégades que en un tiempo vagaron sobre el mar agitadas del viento). Tiene un valle angosto, que de una parte y de otra están los riscos muy altos, y a plomo y se va a dar a un rincón, a donde estos peñascos se juntan; debajo dellos, salen diferentes arroyos y fuentes, y dellas manan las truchas que van a caer a la dicha laguna. Tiene más una fuente que llaman del Azabache, que verdaderamente no difiere del azabache que se labra si no es en ser blando; y tengo para mí que quitándole los costrones de encima, se hallaría el azabache fino, pero no se ha intentado por no estragar la fuente, cuya agua dicen ser de muy buen sabor y saludable. Esta villa es de los marqueses de Cañete, y aunque tienen otras de más vecindad y autoridad, esta, a mi parecer, deberían estimar en mucho».

La susodicha laguna ha sido artificialmente incrementada por la mano de hombre. La manaza humana siempre interviniendo para alterar la labor de la Naturaleza. El minúsculo riachuelo, que va a dar al río Júcar en el privilegiado enclave donde surgió mucho después este pueblecito, ha tardado siglos en modelar el fantástico panorama ante el que se embelesa el vagabundo coleccionista de paisajes. A pesar de que el hombre meta la mano y la pata más de los deseable y conveniente.

Represas, cauces, trasvases incendios, talas, repoblación forestal con especies foráneas y otros desaguisados como vertidos, basureros, contaminación… En fin, para qué seguir con la consabida cantinela. Por más que las consecuencias ya se están haciendo notar en la malsana prolongación de los tórridos veranos que hay que soportar.

Pero apartemos los inútiles lamentos que nos impide gozar de lo que tenemos ante los ojos: Los geólogos, botánicos y biólogos lo cuentan en cartelones emplazados en lugares estratégicos para información del visitante, si bien en ese lenguaje rebuscado, frío, artificial y atroz que ahuyenta y repele la poesía que emana de la contemplación ingenua de unos ojos admirados.

Yo prefiero soñar con la princesa de ojos verdes que a fuerza de llorar por el amor ausente sus lágrimas formaron la laguna esmeralda de Uña. Aún se oyen sus gemidos mezclados con el ulular del viento entre los álamos de la orilla en las noches de invierno. Y hay quien ha visto en un claro de luna la fugaz aparición de unos ojos de lánguida mirada de madreperla. Cuando la luna se asoma por los picachos de las altas cárcavas que el riachuelo socavó con tesón de siglos, Un príncipe desesperado se amenaza con sobre la laguna verde como el color de los ojos de su amada encantada.

Los promotores turísticos con menos imaginación recurren para atraer a incautos visitantes al socaire del consabido truco del monstruo del lago, en tantos lugares repetido.

Se trata de uno de los más conocidos y atractivos itinerarios de la Serranía de Cuenca, frecuentado por excursionistas de todas las edades, perfectamente organizados, pertrechados y dirigidos, especialmente cuando la benignidad del clima anima al personal sedentario a estirar las piernas y llenar los pulmones con el aire puro de las montañas. Se encuentra además muy cerca de la Ciudad Encantada (para encantados, los propietarios de la finca, ya que se trata de una propiedad privada). Unos carteles informan al caminante de los pormenores y del mapa de la ruta:

La ruta comienza en la población de Uña en dirección a la piscifactoría y la escuela de pesca. No obstante, es posible acceder a “La Raya” desde aquí siguiendo la ruta señalizada en sentido opuesto.
El P.N.S.C.-S04 parte de la población dejando a la izquierda la Laguna de Uña, un precioso humedal semi-artificial rodeado de grandiosos farallones calcáreos.
Tras recorrer los primeros metros junto a la laguna tomaremos el ascendente sendero de “El Escalerón”, que nos conducirá directamente a lo alto de las formaciones rocosas esculpidas a lo largo de miles de años.
Podremos gozar de espectaculares vistas de Uña, la Laguna y los cortados; mientras la avifauna del paraje sobrevuela el cielo (buitre leonado, alimoche, águila real o treparriscos). En un relajado paseo en el que disfrutaremos de la flora y fauna propias de la serranía de Cuenca llegaremos a dos miradores habilitados para deleitarnos con magníficas panorámicas.
Iniciaremos la bajada por un antiguo camino de caballerías que discurre por “La Raya” y atraviesa los cortados entre encajonamientos y callejones típicos de los relieves cársticos. Sin lugar a dudas, un serpenteante sendero lleno de belleza que se dirige a los pies de la Laguna de Uña.

 Nombres rotundos los de estos parajes: Los Escalerones (un ascenso esculpido en la roca), el Refrentón (un rellano ante un precipicio de vértigo), El Rincón (que da nombre al riachuelo), Muela de las Majadas, la Raya (un angosto tajo esculpido en el farallón)

Una apacible brisa se apiada del caminante acariciando el pinar por donde pasa, al tiempo que riza la tersa superficie de la laguna y enmaraña el horizonte de tenue celaje. Retorna el silencio, el viento cesa. El vagabundo se deja inundar por la paz que reina en el ambiente. Que nada ni nadie sea osado de violar la impoluta quietud del paraíso recién estrenado. El tiempo fluye y fluye imperceptible.

Llegó el momento de reanudar la marcha bajando a la laguna por la Raya, una hendidura que debe su nombre a que de lejos parece una raya vertical sobre la roca oscura. Un resquicio practicado en el roquedo por el lento pero incesante goteo del agua y utilizado por las caballería desde tiempos remotos. Es la melancólica hora de ponerse en marcha antes quedar extasiado contemplado el bucólico paisaje desde las alturas. Y es que el peregrino no puede permitirse el lujo de enamorarse de la princesa de ojos verde porque su destino es seguir siempre adelante sin crear afectos que lo amarren a ningún sitio.