Laguna Grande de Gredos

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Después de dejar el vehículo en el aparcamiento de la Plataforma, previo pago en el puesto de control de la carretera que sube desde Hoyos del Espino, se inicia la ruta por un camino perfectamente marcado y señalizado que se dirige sin posibilidad de pérdida al Circo de Gredos. El camino comienza al borde de la garganta del Puerto en suave ascenso. Pronto empieza a empinarse como queriendo conquistar la cumbre lo más pronto posible. Esto no debe ser motivo de preocupación, ya que la ruta es accesible y asequible para persona de cualquier edad.

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Grandes piedras de granito, rocas predominantes en la zona, pavimentan el camino frecuentado por montañeses y ganaderos para acceder al Circo de Gredos. La singularidad y vistosidad de este lugar atrae cada año riadas de visitantes y turistas. Especialmente en estas fechas del mes de agosto: Familias enteras, abuelos y nietos, pandilleros bulliciosos, colegiales de excursión y otra peregrina fauna tan extraña para estos territorios. Desgraciadamente van dejando algo más que sus huellas en este recóndito paraje otrora casi inacesible.

No queda más remedio que abstraerse de tan enojoso enjambre que avanza trayendo a cuestas toda una caterva de aparejos y viandas para acometer la “hazaña”.

El agua baja clara entre grandes pedruscos rodados rellenando pozas y charcones aptos para el baño entre vueltas y revueltas. Pronto un poste indica al poco de iniciar la andadura un desvío a la derecha dando la espalda a la garganta del Prado del Puerto. Desviación fácil de seguir ya que el sólido firme de piedra muestra a las claras el buen camino. Circunstancia que ayudará a desechar cualquier otro ramal que salga al paso. En este caso evitar la opción de continuar por la garganta hasta el puerto de Candeleda.

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Se debe sortear el cordal del refugio del Reguero Llano. Un desvío a la derecha señala la dirección del mismo. Hay que continuar de frente, sin hacer caso del reclamo, hasta el puente de cemento que salva otra garganta intermedia, se trata de la garganta de Las Pozas, que en este trecho trascurre mansamente por una amplia pradería después de precipitarse embravecida en una cascada que queda a la derecha.

Continuamente alteran el tranquilo caminar, la horda que parecen haber desmantelado las tiendas especializadas, cargados con mochilas, neveras, cantimploras, cascos, bastones, gafas, vestuario, calzado… y otros inútiles utillajes… Un desfile de modelos de una supuesta y fugaz vida en contacto con la Naturaleza, bajo cuya colorista apariencia se adivina al agobiado urbanita haciendo una ilusoria escapada a la montaña. Resultará inevitable, al llegar al destino, encontrarse tras la procesión con esta inoportuna romería.

Habrá pues que hacer un esfuerzo adicional para abstraerse de tanto intruso y dedicarse a disfrutar de la naturaleza en plenitud.

En el Prado Llano, el reguero llanea antes de precipitarse más abajo en el Tormes. Donde desembocan todas las gargantas que discurren por este sector de la Sierra de Gredos. Se trata de la garganta de las Pozas cuya corriente se salva a través de un pontón de cemento sobre base pétrea.

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Pronto el camino empieza a encabritarse en lo más duro del itinerario para remontar el cordal del Cuento y el espinazo conocido como los Barrerones. Para ello hay que trepar sin excesivos problemas hasta llegar a la fuente de los Cavadores. Dos exiguos regatos que bajan de las cumbres son salvados por sendas pasarelas, de madera la una y de piedra la otra hasta llegar a la fuente, que aparece en el tramo más fatigoso de la ruta. Tras la ardua subida la oportuna fuente reconforta al caminante que puede tomarse unos minutos para saciar la sed y recuperar el aliento.

Lo más dificultoso va quedando atrás pero antes hay que superar el alto de los Barrerones asomándose al barranco de la garganta de Gredos en el borde de la cuerda del Cuento. Desde estas alturas siguiendo la senda entre retamas y piornos ya despuntan las crestas de Gredos, se trata de las mayores cotas del Sistema Central con el Moro Almanzor asomando el turbante con restos de neveros en sus pliegues. Y escoltado por toda su hueste: El Ameal de Pablo, Los Cuchillares (del Cerro de los Huertos, de los Ballesteros y el de las Navajas), La Galana, los Tres Hermanitos, el Morezón… Se alzan sobre el Circo reflejando sus picachos en la transparente serenidad de la laguna Grande.

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Desde la Peña del Rayo las vistas sobre el Circo y la Garganta prometen ser espectaculares. Pero el verdadero habitante y señor de estas montañas y ha tomado asiento en el peñasco más privilegiado desde donde señorear sus dominios. Y está en todo su derecho: Se trata de un magnífico ejemplar, un macho de cabra montés de Gredos que ni se inmuta ante el asiduo visitante. A su amparo y protección merodean algunas hembras y cabritillos de perfil menos portentoso que el imponente macho cabrío.

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Por la Trocha Real que recorre el circo hasta las Cinco Lagunas se desciende ya a la vista de la laguna Grande pasando por otra fuente, la de los Barrerones, ya en continua bajada por el sinuoso y pedregoso sendero. Un descenso repentino que conduce hasta el borde mismo de la laguna. Antes una barrera pétrea nos oculta de nuevo la sosegada superficie de la hermosa dama en la que tiene puestos sus ojos el moro Almanzor. Pero enseguida aparece a nuestra vista con todo su esplendor. Formando parte de un paisaje deslumbrante y sobrecogedor. Pétreo y duro al tiempo que tierno y sereno.

Con el final del trayecto a tiro de piedra, aparece ante los ojos del asombrado visitante la laguna Grande rodeada por las prominentes cumbres de la Sierra de Gredos, entorno que conserva toda su belleza a pesar de verse tan invadido y hollado últimamente por el hombre. Un paseo reflexivo y relajante alrededor de la laguna pasando por un puente de madera en las inmediaciones del refugio Eola permite recrearse en la contemplación de este magnífico rincón en el corazón de Gredos y aún refrescarnos en el fascinante y misteriosa Charca Esmeralda.

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Para evitar la marabunta y aislarse del bullicioso ambiente veraniego, se puede elegir otro itinerario menos frecuentado remontando la garganta de Gredos desde su desembocadura en el río Tormes hasta la laguna Grande: En Navalperal de Tormes, localidad cercana a Hoyos del Espino, se sigue por la orilla derecha de la garganta hasta arribar a la laguna que desagua en ella.

La longitud de esta ruta así como la falta de una senda marcada en todo el trayecto junto con la dificultad que presenta, sobre todo en su tramo final, hace desistir al personal, pero al que se decida a adentrarse en este recóndito valle se le permitirá disfrutar sin perturbación y en soledad del espectáculo de la Naturaleza con toda su grandiosidad. En primavera, la zona ofrecerá sus mejores galas: Las cumbres nevadas, los torrentes y cascadas despeñándose, la vegetación renaciendo y el tiempo más apacible añadirán un decisivo aliciente para regresar a Gredos.

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Cañón del río Lobos

RUTA POR EL CAÑÓN DEL RIO LOBOS

Poco después de rebasar el pueblo, abandono la carretera junto al puente del río Ucero donde dejo el coche, ya que, en lugar de continuar por la pista asfaltada, prefiero bordear a pie el cauce del río que discurre por el centro de cañón hasta llegar la zona recreativa de Cueva Fría. Es una tibia mañana de un día de septiembre. Por el oeste aparecen unas nubes inquietantes que por un momento ocultan el sol. Guardo el chubasquero en la mochila con lo indispensable pasar un día de relajo recorriendo el cañón por una ruta perfectamente señalizada.

Desde el principio hacen acto de presencia los tres elementos naturales del paisaje que no me abandonarán en todo el itinerario: la roca caliza, las sabinas y los buitres. Los coches pueden llegar hasta la zona de Valdecea, donde una fuente me invita a echar un trago de agua y llenar la cantimplora antes de adentrarme en el parque. Continúo por la senda que discurre a la izquierda del río, más angosta y menos transitada que la pista de tierra, caminando ahora entre intrusos pinos y álamos de esbelto porte, que han desplazado al oriundo sabinar, mientras exóticas hojas de lotos flotan en el agua.  El suelo aparece salpicado  de quitameriendas o espantapastores, estos pequeños lirios así como las primeras hojas amarillas caídas de los álamos indican claramente la estación del año: Un recién estrenado otoño tras el prolongado estiaje que acusa la escasez del caudal del río.

El centro neurálgico del parque, donde confluyen la angosta senda y el más amplio camino, lo constituye la zona donde se encuentra la ermita de San Bartolo, como es conocida familiarmente por los paisanos. Emplazada a poca distancia del último aparcamiento, es el destino de la mayoría de los visitantes para realizar la fotografías de rigor tras el breve paseo. Ciertamente es el marco más fotogénico y donde me permito entretenerme captando con mi cámara algunos de los detalles que atraen mi atención: escarpes y acantilado rocosos horadados por los agentes atmosféricos, la Cueva Grande en la que me adentro, sabinas y buitres… Y la joya de la corona: la fascínate y misteriosa ermita de San Bartolomé ya referida con sus óculos o rosetones y sus enigmáticos canecillos. Un lugar donde la historia, el arte y la naturaleza se conjuran para ofrecernos una estampa cautivadora y sorprendente.

La ermita ha suscitado toda clase de interpretaciones y de elucubraciones por los amantes de lo exotérico. Considerada, como el castillo del pueblo de Ucero, sin demasiado fundamento de origen templario. Y como todo lo relacionado con el temple, hoy en día tan en boga, desata la imaginación calenturienta de toda la caterva de paranormales y paranoicos de todo pelaje y catadura. Alguien ha descubierto que está a la misma distancia de los dos puntos extremos del norte peninsular: los cabos de Creus y de Finisterre. Circunstancia lo que ha contribuido a propagar el misterio y la fabulación.

Rebaso el río por un rústico puentecillo de madera para adentrarme en el interior de la Cueva Grande desde donde dirijo la cámara hacia el exterior siempre con la ermita templaria como protagonista (ver imágenes).

Dejo el mágico entorno de la iglesia románica y continúo remontando el curso del río recubierto en los tramos más lentos por capas de loto, una planta invasora de este territorio. Pronto llego a otro lugar característico y emblemático de la ruta. Se trata del Colmenar de los Frailes, un espectacular risco calcáreo que sobrecoge por su verticalidad. En un hueco se conservan, como testimonio del topónimo, algunas colmenas hechas con cortezas de troncos.

Avanzo por la bien marcada senda hasta los meandros de la fuente del Rincón (que en esta ocasión está seca o se oculta a mis ojos)  caminando continuamente entre cantiles verticales y escarpes rocosos sin dejar de advertir la presencia de los buitres que  vigilan desde las alturas y que en ocasiones remontan el vuelo evolucionando majestuosos en el espacio. Estamos en la zona de la Cueva Negra que puede verse a media altura del roquedal.

En la arboleda, un bando de rabilargos de inconfundible plumaje se pone en alerta con su característico chillido al advertir la presencia de un intruso en el bosque hasta que desaparecen sigilosamente. El cielo, que ha permanecido despejado tras la amenaza inicial, ahora se va cubriendo de nubes más cada vez más oscuras, amenaza que no consiguen disuadirme de proseguir la marcha.

El llamado pozo de Perín, a la sazón apenas es una charca aislada a donde acuden a abrevar los animales, se salva gracias a un pasadizo acondicionado en la roca. Al otro lado una hilera de chopos tratan en vano de competir en altura con los farallones que a partir de aquí se separan dando paso a un paisaje más abierto y menos espectacular. El agua al filtrase deja al descubierto el lecho pedregoso haciendo innecesarias las pasarelas de bloques de piedra para cambiar de margen vadeando la corriente. La ruta se adentra ahora en un apiñado pinar. El cielo, poco antes cargado, empieza a despejarse dejando que el sol se asome entre las nubes. Parece ser que la amenaza de la tormenta se ha disipado definitivamente. Suerte porque, parece ser que estoy llegando al final del trayecto y todavía tengo que desandar el camino para regresar al punto de partida. Cuando ya el cansancio está haciendo mella, aparece a la vuelta de un recodo, el puente de los Siete Ojos. Es el punto que marca el final de la ruta.

El regreso, conjurada al fin la amenaza se resuelve en un plácido paseo de un apacible atardecer. La naturaleza, librada del bullicio, se serena y los animales recelosos del hombre aparecen fugazmente a una distancia prudencial dándome la oportunidad de contemplarlos (cervatillos, zorros, ardillas, buitres, serpientes, ranas, urracas, petirrojos…) y captarlos con la cámara.

©jjferia

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