De Riomalo al río Hurdano

Soñando caminos

ITINERARIO: Vertiente sur de la Sierra de Valhondo entre el río Alagón y sus afuentes Ladrillar y Hurdano: Riomalo – Río Ladrillar – Mirador de la Antigua y meandro del Melero en el Alto Alagón – Arroyo Hormigosa y Felechoso – Arrofranco – Río Hurdano – Arrolobos.

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ACCESO: EX-204 desde Pinofranqueado a Riomalo de Abajo.
COMIENZO: Camping de Riomalo de Abajo (Las Hurdes).
FINAL: Arrolobos, río Hurdano.
DIFICULTAD: Moderada (por la longitud de la ruta).
TIPO DE MARCHA: Lineal (Ida y vuelta).
TIPO DE FIRME: Pista de tierra bien marcada.
DISTANCIA: 23 km (ida).
DURACIÓN: 4 h y 30 min (ida sin paradas).
DESNIVEL: 393 m
COTA MÍNIMA: 386 m.
COTA MÁXIMA: 613 m.
AGUA POTABLE: Fuentes junto al arroyo Hormigoso (hacia la mitad de la ruta).
ÉPOCA RECOMENDADA: Todas.
REVISIÓN:

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Desde el camping Ríomalo hay que seguir por la pista encementada que permite arribar hasta el mirador de la Antigua en coche. Antes del ascenso una senda sigue al río Ladrillar hasta su desembocadura en el Alagón. Por la subida el autóctono encinar va siendo desplazado por el pino foráneo hasta comerle el terreno. Los colores de los brezos, jaras y cantuesos se combinan en armonía con el canto de los jilgueros, mirlos, carboneros, oropéndolas y pinzones.

Soñando caminos
Meandro del Melero en el río Alagón (foto jjferia)

A la distancia de un kilómetro y medio se desvía a la izquierda la verea de los pescadores que baja hasta el río (1,5 km). La pista ya de tierra asciende ganando altura hasta que se divisa el meandro que dibuja el río Alagón. Se trata del meandro del Melero, atractivo para los vecinos y visitantes de la zona. Por fortuna el caminante lo encuentra sin coches ni fotógrafos (3 km).
El caminante hace un alto en el camino y descansa mientras contempla el relajante paisaje: El zumbido de las abejas libando la flor de la jara me trae el olor del ládano que se mezcla con el romero y la resina. Un águila pescadora vuela majestuosa avizorando alguna agitación en las tranquilas curvas azules del río. Una estela de humo asciende amenazante desde un punto al otro lado de las sierras. Pero no se puede demorar porque le espera una larga caminata:

Soñando caminos
Colmenas y colmeneros en el camino (foto jjferia)

El camino se ciñe a los pliegues y recodos de la montaña; tras cruzar un cortafuego y pasar por varios rincones donde se adivina por el ligero murmullo una pequeña corriente que baja al río, el caminante, ya sin temor a ser molestado, llega hasta la cota culminante de la ruta que trascurre pegada a la ladera de la Sierra del Cordón sin grandes altibajos (5,5 km).
En este punto un camino sube por la derecha hasta el paraje conocido como Las Panzas. Hay que seguir adelante en suave descenso soslayando las sendas que por la izquierda bajan valle abajo hasta el río. Y así llega hasta otro cortafuego que baja verticalmente cortando el camino (8 km). Tras un largo y cómodo paseo se ve un estanque para provisión de agua en caso de incendio cerca del arroyo Hormigosa (11 km).

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Camino de Ríomalo a Arrolobos (foto jjferia).

Dos km más adelante se cruza otro cortafuegos entre los cinco que bajan verticalmente por el valle desde la cumbre hasta el fondo. El camino sigue horizontal pegado a la ladera y adaptándose a las entrantes y salientes del terreno, sobrepasa el arroyo Helechoso ya en la vertiente del río Hurdano, afluente del Alagón, y un cortafuegos donde confluye un camino que baja de la cubre de la sierra de Valhondo (16 km). El caminante poco a poco en suave bajada va acercándose al pueblo de Arrolobos, pasando antes cerca del despoblado de Arrofranco, antiguo asentamiento pastoril al otro lado de río (19,5 km).
Después de superar los barrancos de Arrolendre y los Gansinos con sus correspondientes arroyos puede ver el pueblo de Arrolobos asentado plácidamente en un bucólico remanso del río Hurdano, en cuyas orillas se solaza después de cruzarlo por el fotogénico puente de piedra (23 km).

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remanso del río Hurdano junto a la aldea de Arrolobos (foto jjferia).

VER ÁLBUM DE FOTOS

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Dolmen de Lácara

Soñando caminos

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Dolmen de Lácara y cancho de la Pila (Badajoz, 40 itinerarios)

ITINERARIO: Plaza de Extremadura – Charca Grande – Camino del cortijo de la Gabrielina – Camino de la charca de los Galgos – Camino de la casa del cuarto de la Sal – Camino del cortijo del Rincón de Don Antonio – Camino de la ermita de la Salud – Camino del cortijo de los Gavilanes – Camino del río Aljucén – Cortijo Rincón de Gavilanes – Camino San Cristobal Bajo – Ribera de Lácara – Dolmen del Prado de Lácara – Cancho las Pilas – Carretera Ex-214.

* * *

ACCESO: Autovía A-5, Salida 341 hacia EX-209 Esparragalejo / Montijo.
COMIENZO: Plaza de Esparragalejo.
FINAL: Carretera EX-209 (Aljucen-Nava de Santiago).
DIFICULTAD: Fácil (el sendero se difumina al final de la ruta, precaución al vadear la rivera).
TIPO DE MARCHA: Lineal (Ida y vuelta).
TIPO DE FIRME: Pista tambien transitada por vehículos, camino y senda.
DISTANCIA: 14,22 km (ida).
DURACIÓN: 3 h y 30 m (ida sin paradas).
DESNIVEL: Inapreciable.
COTA MÍNIMA: 232 m.
COTA MÁXIMA: 279 m.
AGUA POTABLE: No (Abastecerse en casa).
ÉPOCA RECOMENDADA: Primavera, otoño e invierno.
REVISIÓN:

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Dólmen del prado de Lácara (foto jjferia).

DESCRIPCIÓN: La iglesia del pueblo de Esparragalejo sirve de referencia para el comienzo de la ruta, que continua por la calle de Nuestra Señora de la Salud antes de abandonar el casco urbano por la Rambla de la Ermita que se transforma ya en descampado en una cómoda pista de tierra. A la izquierda se distingue la Charcha Grande que embalsa las aguas del arroyo de los Galgos. La pista discurre en dirección norte sin grandes altibajos por dehesas de encinas donde afloran redondeados berruecos graníticos que le dan al paisaje una fisonomía característica (1km – 12 minutos).

Tras dos kilómetros escasos se pasa por el cortijo de La Gabrielina (2 km – 25 min.) sin abandonar la pista que discurre entre encinas. Pronto rebasa por la derecha un camino secundario que llega hasta la Charca de los Galgos (3 km –  35 min). Y medio kilómetro adelante  la portada de otro camino que se dirige hasta la ermita de Nuestra Señora de la Salud, patrona de Esparragalejo (3,5 km – 40 min) con un ramal que en sentido contrario enlaza con el de la Charca los Galgos.

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Dólmen del prado de Lácara (foto jjferia).

Después de dejar atrás una cancilla de paso a algunas casas de labor en el entorno de la ermita, continúa la pista con buen pavimento apto para vehículos agrícolas y todoterrenos sin apenas puntos de referencias. Únicamente la llanura salpicada de encinas donde pasta el ganado se extiende a ambos lado del camino a lo largo de toda la ruta. Después de avanzar unos dos kilómetros, una cancela cierra un camino que se desvía hasta el cortijo del Rincón de Don Antonio (5,5 km – 1 h). Falta apenas medio kilómetro para llegar a un gran portalón de piedra por donde se adentra la pista hasta los Gavilanes. Hito que marca más o menos el punto medio de la ruta donde se despliegan varias opciones. Por lo que a partir de aquí habrá que estar atento para no extraviar el camino que hasta ahora no presentaba ninguna dificultad (6 km – 1h y 15 min) en cuanto a la orientación.

Hay que dejar la pista para seguir por el camino de en medio a través de un paso canadiense entre las varias cancillas que impiden el paso por la izquierda hacia el Cortijo y dehesa de Gavilanes, otro más a la derecha se dirige hacia el río Aljucén (en el paraje conocido como rincón de la Señora Maruja) a su vez con una desviación secundaria hasta el cortijo del rincón de don Antonio, ya dejado más atrás. La pista se convierte en camino menos marcado del que saldrán ramales a los que conviene estar atentos para no apartarse del destino fijado (VER MAPA).

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Enseguida una desviación a la derecha pasa por la cancilla del rincón de Gavilanes que, aunque más adelante se vuelve a unir con el principal, hay que soslayar para seguir de frente hasta otra encrucijada de senderos (8 km – 1h y 40 min ). Seguimos siempre de frente continuando por unas roderas que atraviesan la dehesa del Cerro de los Gatos donde pasta libremente el ganado vacuno entre dos charcas que les sirve de abrevadero hasta llegar a otra cancilla (10 km – 2h y 10 min). Después de franquearla, se continua sin perder el norte y soslayando posibles desvíos como la que aparece dos kilómetro adelante ya cerca de la rivera de Lácara. Este curso de agua advierte su presencia oculta entre la vegetación de rivera que destaca a la izquierda (oeste); unos paso más y se llega a otro desvío que parte por la derecha hacia el sureste. Se trata del camino de Cordobilla de Lácara a Mérida (12 km – 2 h y 30 min). Hay que avanzar unos pocos pasos para enlazar, con el ramal de la izquierda para vadear la rivera entre la espesa vegetación por el punto al que llegue la senda. Ya la otra orilla hay que seguir entre grandes berrocales hasta el monumento megalítico que se encuentra rodeado por una cerca de alambre. Antes pasamos por curiosas construcciones ganaderas ya en desuso destinadas da la cría de ganado lanar o de cerda llamadas parideras. No hace falta llegar hasta la carretera puesto que en el extremo sur, una estrecha abertura permite la entrada al dolmen, objetivo de la ruta y compensación al esfuerzo realizado (13,5 km – 3 h).

El dolmen de Lácara está separado menos de medio kilómetro de la carretera de Aljucén a La Nava de Santiago donde está el acceso principal al monumento y un aparcamiento adaptado para los que se acercan a visitarlo en automóvil. Después de la visita realizada con detenimiento y de descansar de la caminata hay que emprender el regreso si no disponemos de automóvil para el traslado (14 km – 3 h y 30 min. aprox.)

Texto y fotografías: jjferia

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Dólmen del prado de Lácara (foto jjferia).

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Por el Pedruégano y la Acebuchosa

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ITINERARIO: Desde Valencia del Ventoso hasta Fregenal de la Sierra: pasando por el río Ardila, río Pedruégano, la Acebuchosa, los Pozuelos, dehesa la Cuesta y la Junta grande y chica.

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DESCRIPCIÓN: El caminante llega temprano a Valencia del Ventoso y el pueblo se despereza al salir el sol. Sale por la tarvesía de Fregenal que se cruzar con la calle de Fregenal para continuar en rápida bajada por una pista asfaltada hasta llegar a la represa del río Ardila en las proximidades de la población. Pasa el puente y continúa hasta el riachuelo de Pedruégano, bordeando la ribera de esta corriente por el trazado del Cordel Mesteños de Fuente Ribero. El río hace regate y enfila hacia el sur, cerca de la confluencia del arroyo de Las Perdices. Aquí se forma un relajante remanso donde merodean cigüeñas, garzas y garcetas al acecho de alguna rana o sabandija. Pronto se une a este riachuelo el arroyo que baja de la Acebuchosa.

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Sigue la marcha entre alguna encina dispersa en abruptos canchales y pelados berrocales hasta la finca de La Acebuchosa más o menos a mitad del recorrido. Por aquí observa alguna ganadería extensiva a uno y otro lado del camino, que discurre entre cercas de piedra,  A continuación avanza al borde del arroyo que se oculta entre fresnos. El caminante en continuo y leve ascenso dirige sus pasos entre algunas lomas peñascosa por un ondulado sendero. Éste no tiene pérdida, pese a los ramales secundarios que se apartan del eje principal y que hay que soslayar siguiendo de frente siempre hacia adelante.

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A partir de aquí, con el pueblo alejándose a su espalda, llanea cómodamente por el camino que enfila recto con el firme bien asentado discurriendo entre encinares. El paisaje típicamente extremeño de amplios horizontes se extiende ante el caminante acompañándolo con su monotonía de dehesas con nombres pintorescos como Los Pozuelos (Chico y Grande) delimitada entre carcas con el borde encalado muy característico de la zona. Otra dehesa es la de La Cuesta que reconoce por el rótulo que aparece en su cancilla de entrada junto a un imponente eucalipto.

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El encinar adehesado va dando paso a otro mas desolado cerca ya del cruce con otro sendero bien marcado: Se trata de la vereda de Jerez a Bodonal. Un letrero indica en dirección a este último pueblo la presencia de uno de los considerados árboles singulares de Extremadura: Un ejemplar de ciprés calvo, así llamado porque pierde sus hojas en invierno, trasplantado en esta tierra procedente de América del Norte. Pero continúa siempre de frente; la encina va cediendo terreno al útil y humilde olivo entre espacios horros de árboleda. A ambos lados del camino el vicioso y exuberante matorral se resiste a abandonar su feudo: Retamares, torviscos, jaras, cantuesos salpicanso con sus respectivas flores de notas de colores la monotonía de la ruta que discurre ahora por un terreno llano de amplios horizontes no carente de encanto. Canta el cuco, la abubilla y otros pajarillos de tonos y nombres atractivos. Una pequeña belleza de color púrpura llama la atención del caminante que se detiene a contemplarla, es una orquídea, la hermosa orquídea mariposa…

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Cantan los grillos, uno muy cerca interrumpe su salmodia al sentir pasos. Cercados donde pace el ganado: Ovejas, cerdos, vacas. Fincas de la Junta Chica y Grande a derecha e izquierda. El dolondón de los cencerros acompañan a otros sonidos campestres.

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Otro hito de la ruta: El pino de la Junta, por el lugar donde se encuentra, un notable ejemplar de conífera, alto y de copa generosa y maternal. Y entonces el pueblo de destino aparece en el horizonte reclinado en la espalda de la sierra. El caminante se acerca a Fregenal de la Sierra, entre campos desarbolados, pastizales y ya en continuo y suave descenso con la meta a tiro de piedra. Primero cruza la carretera de Zafra, tras dejar a la derecha apartado el cementerio, al otro lado de la carretera general, y una vía férrea a la izquierda. Un indicador señala la distancia recorrida hasta ahora: Valencia del Ventoso 19 km. Con Fregenal ya al alcance de la mano.

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Pero antes, el caminante se detiene en los peldaños que sirven de peana a un crucero de piedra antes de adentrarse en el pueblo, es la conocida como cruz de los mártires. Sobre el caserío blanco de paredes encaladas y el rojizo de los tejados descuellan las murallas y torres almenadas del castillo y algún campanario o espadaña de la iglesia adosada. En un prado, tras las naves industriales, pasta un desnutrido rebaño; a la izquierda hay unas huertas con su casita a la sombra de una higuera u un almendro raquítico. En el pueblo nadie lo espera, nadie sale a recibirlolo. Las calles están desiertas, el paisanaje ha marchado en bulliciosa romería hasta una ermita situada en las proximidades. Llega hasta la iglesia y el castillo, pasea por la plaza y sus calles solitarias. De vez en cuando se detiene ante algún detalle arquitectónico que le llama la anteción: Un pilar de piedra, alguna casa de noble fachada donde nació cierto prócer local o junto a un par de estatuas que honran la memoria de alguna celebridad del pueblo.

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Mapa de la ruta

Ruta de Isabel la Católica

CAÑAMERO – GUADALUPE

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Esta vez el aire voluble, variable nos llevó por otros andurriales y, remontando el vuelo, recalamos en Las Villuercas un domingo del mes de abril en busca de los aires serranos y morenos de Guadalupe:

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Ruta de Isabel la Católica: Cañamero

Todavía permanecen en nuestra mente, y tardarán en borrarse, las imágenes captadas y las sensaciones experimentadas a lo largo de la ruta que nos llevó desde la localidad cacereña de Cañamero hasta la vecina Guadalupe en una apacible y tibia mañana.

Ruta de Isabel la Católica
Ruta de Isabel la Católica: Cancho del Fresno

Empezamos salvando el curso alto del río Ruecas por su piscina natural cuyas frescas y trasparentes aguas se represan más arriba en el embalse del Cancho del Fresno, tras salvar un agreste y empinado camino de cabras. A partir de la represa llaneamos por una pista bien acondicionada entre pinos a la orilla del agua por donde transcurre con sosiego la primera parte de la ruta con las crestas de Las Villuercas reflejándose en el espejo del lago artificial disfrutando de unas imágenes de postal.

Ruta de Isabel la Católica (Cañamero - Guadalupe)
Ruta de Isabel la Católica: Cruz de Andrada

Pero la comodidad no se inventó para los amantes de la naturaleza y un desvío bien señalizado nos indica la dirección en continuo ascenso por una sinuosa vereda hasta otro hito de la ruta, una sencilla cruz de piedra: Se trata de la Cruz de Andrada, que recuerda el alevoso asesinato de un caminante que tuvo lugar en este apartado paraje por parte de unos salteadores de caminos acaecida allá por el año 1844. Grabado en hierro y en mi mente quedó el luctuoso suceso que termina con esta súplica:

“¡Ruega por mí al pasar por mi camino
y que otra sea tu suerte, peregrino!”

Ruta de Isabel la Católica (Cañamero - Guadalupe)
Ruta de Isabel la Católica: Melonar de los frailes

Tras sortear un arroyo que baja entre peñas de las cumbres, la ruta nos ofrece su más encrespado y arriscado semblante al llevarnos a través de un tupido jaral hasta el accidentado paso del Melonar de los Frailes, (donde se cuenta irónicamente que los agotados caminantes podían saciar su sed en verano). Se trata en realidad de un canchal o pedregal que se precipita de arriba abajo por la vaguada de la Sierra del Águila, el tramo más abrupto y peligroso de la ruta. Superado el trance, llegamos a una pista forestal que discurre por un tupido pinar desde donde alcanzamos el collado de la Era del Pico Agudo donde nos detenemos a admirar uno de los árboles más singulares de Extremadura: Un longevo castaño conocido como “El Abuelo”, que a duras penas se mantiene en pie agobiado por el peso de los años.

Ruta de Isabel la Católica (Cañamero - Guadalupe)
Ruta de Isabel la Católica: Castaño el Abuelo

A partir de aquí el camino desciende entre robles, primero y pinos después  mientras vamos divisando La Puebla de Guadalupe con el monasterio destacando entre el caserío en el fondo del valle del Guadalupejo, con la sierra de Las Villuercas a nuestra espalada.

Ruta de Isabel la Católica (Cañamero - Guadalupe)
Ruta de Isabel la Católica: Guadalupe a la vista

Desde la ermita de Santa Catalina podemos divisar una las panorámicas más espectaculares de la ruta. Continuamos el descenso con el monasterio cada vez más a nuestro alcance donde nos espera la patrona de Extremadura para darnos la bienvenida. Cruzamos el río Guadalupejo y nos adentramos en el pueblo pasando por la fuente del Piojo, la calle del Tinte y la plaza de la fuente de los Tres Chorros.

Ruta de Isabel la Católica (Cañamero - Guadalupe)
Ruta de Isabel la Católica: Ermita de Santa Catalina

En la plaza de Santa María nuestros asombrados ojos se topan de golpe con la impresionante fachada gótica del monasterio. Entramos en la iglesia, saludamos a la Morenita agradeciéndole que todo se haya desarrollado sin sobresaltos y recorremos el claustro admirando la serena y relajante belleza del lugar.

Ruta de Isabel la Católica (Cañamero - Guadalupe)
Ruta de Isabel la Católica: Monasterio de Guadalupe

Nos queda descansar, beber y reponer fuerzas en alguno de los numerosos abrevaderos y pesebres de Guadalupe.

DISTANCIA: 13,7 km
TIEMPO ESTIMADO: 4 h 30 m
TIPO DE RUTA: Travesía
ALTURA MÁXIMA: 976 m
ALTURA MÍNIMA: 550 m
DESNIVEL POSITIVO: 573 m
DESNIVEL NEGATIVO: 603 m
GRADO DE DIFICULTAD: Moderado

Ruta de Isabel la Católica (Cañamero - Guadalupe)
Ruta de Isabel la Católica: Cañamero – Guadalupe

IMÁGENES DE LA RUTA: Clic en una de las miniaturas para activar carrusel de diapositivas.

Ver mapa de la ruta en Wikiloc

Garganta del Infierno

Pulse para más información sobre la ruta:

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Ruta de la Garganta de los Infiernos  en el Valle del Jerte.

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La Reserva Natural de la Garganta de los Infiernos, incluida en la comarca natural alto-extremeña del Valle del Jerte está comprendida entre la vertiente noroeste de la Sierra de Tormantos, la vertiente sureste de la Sierra de Gredos y el Río Jerte.

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Partimos desde el campamento de Carlos V, camino de los Pilones con las retamas florecidas y los robles apuntado sus incipientes brotes verdes.

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En el tramo inicial de la ruta, seguimos por un camino que serpentea entre un bosque de robles melojos, que comparten el sustrato con otras especies árboreas y arbustivas.

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El tiempo es soleado y la temperatura agradable. Llegamos en el momento en que la naturaleza nos regala el espectáculo de la floración de los cerezos, efímera estampa que dura apenas unos días con la llegada de la primavera.

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Por la ruta a caballo entre los Pilones y el mirador del chorrero de la Virgen. Con el fin de semana el valle se llenará de visitantes que llegarán de todas partes al reclamo de la fiesta del cerezo en flor.

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La mariposa arlequín (en la foto), la pavón diurna, la puntanaranja y otros lepidópteros nos salen al paso: vuelan de acá para allá, nos saludan, se posan y se alejan para regresar de nuevo.

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Compañera del camino: euforbia o lechetrezna. Otros plantas se encuentran en plena floración como el cantueso, el torvisco, el brezo, la retama y el piorno.

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Chorrero de la Virgen desde el mirador: Arroyos, fuentes, gargantas, saltos de aguas, pozas, piscinas naturales y cascadas conforman un paisaje que en verano invitan al caminante a refrescarse y darse un baño.

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Desde mirador del Chorrero de la Virgen observamos con detalle la cascada o chorro de donde le viene el nombre con la ayuda de los prismáticos.

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Puente de Los Pilones en el paraje más concurrido y visitado por los excursionistas, que acuden los fines de semana y especialmente en verano para refrescarse en sus aguas transparentes después de la caminata.

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Los Pilones con las marmitas del gigante donde las aguas discurren sobre un bloque de granito que ha sido esculpido por la erosión de fuerte caudal. Nos encontramos en la zona más atractiva y fotografiada.

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Dando lugar a un singular paisaje constituido por una sucesión de curiosas pozas excavadas en las rocas conocidas como marmita de gigante. Sus aguas nos invitan a darnos un chapuzón.

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Seguimos la senda dejando atrás al tropel de jubilados y escolares que ya se dan por vencidos y se quedan merodeando por la zona. Continuamos senda arriba por la que se aventura solamente algún intrépido caminante. De vez en cuando en la rinconada, nos topamos con una de las cascadas que vierten en la garganta.

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Desde las cumbres, que durante el invierno almacenan las nieves hasta el valle donde transcurre el río Jerte, se precipitan tumultuosas las aguas del deshielo. Sin más ruido que el rumor de las aguas, y el trino de las aves.

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Remontamos la corriente por la ladera de su margen izquierdo hasta llegar al refugio y puente del Sacristán que podemos apreciar desde la senda.

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La ruta bordea la garganta sin cruzar por el puente del sacristán. No podemos evitar acercarnos al puente para alcanzar la otra orilla.

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Donde encontramos este refugio de pescadores al otro lado del puente para hacer un alto en el camino.

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Y contemplar la corriente entre los peñascales desde el puente del Sacristán antes de recuperar el sendero que nos conducirá hasta el Vado Cantares.

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Donde desemboca la torrentera de la Garganta del Collado de las Yeguas. A partir de aquí el sendero se empina por un terreno más escarpado.

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Remontando la corriente hasta llegar al recóndito puente del Carrascal en lo más intrincado de la ruta.

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Subida por el collado de las Yeguas: Robles y Sierra de Gredos. En las cumbres persisten las nieves.

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Cascada de la garganta del collado de las Yeguas, una de tantas que nos encontramos en la ruta.

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La fuente Los Zarzalones en el tramo comprendido entre el puente del Carrascal y Puente Nuevo invita al descanso tras saciar la sed.

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Cerca nos encontramos con la majada de los Zarzalones donde contemplamos buenas panorámicas del valle por donde discurre la garganta de los infiernos.

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Terreno granítico bajando hasta el Puente Nuevo por una antigua calzada. Diversas alternativa se nos insinúa a partir de aquí: Remontar el collado de las Losas hasta Tornavacas o bordear la garganta por la derecha hasta Jerte.

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La garganta en su nacimiento a su paso por el puente de Carlos V o Puente Nuevo.

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Cruzamos el llamado Puente Nuevo para ascender por el collado la Losas; tras pasar por la fuente de la Jarandilla y adentrarnos en el bosque del Reboldo nos dirigimos al Valle principal por donde discurre el río Jerte.

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Avanzamos por la ladera de la Sierra de Tormantos. Se trata de una prolongación de la Sierra de Gredos que delimita el Valle del Jerte de la comarca de la Vera. Sus pies son lamidos por la garganta.

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Ahora discurrimos por una pista en la ladera derecha de la garganta donde crecen algunos cerezos, olivos y robles. También observamos algunas curiosas muestras de la arquitectura rural como este abrevadero para el ganado.

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Pero el protagonista es el cerezo como muestra esta hermosa panorámica del valle en primavera: Cumbres nevadas y cerezos en flor en las proximidades de Jerte.

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Ahora lo cerezos en flor nos amenizan el camino, que abandonamos continuamente para conseguir estos magníficos puntos de vistas.

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En las laderas soleadas del Valle del Jerte prosperan los cerezos, que a la sazón lucen sus mejores galas. Con el verano, sus frutos constituye una fuente de riqueza para toda la comarca.

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Río Jerte a su paso por la localidad de Jerte.

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Bucólica estampa: Yegua con su potrillo en un prado junto al río. Al descender de las cumbres volvemos a encontrarnos con los vecinos y visitantes que pasean al socaire del buen tiempo a la vera del río.

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Río Jerte con el exuberante bosque de ribera formado por alisos, fresnos y sauces, nos evoca a Machado: “La primavera besaba suavemente la arboleda y el verde nuevo brotaba…”

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“Bajo ese almendro florido todo cargado de flor…” Arboles cuajados de pétalos en los bancales. Cuando las nieves de las montañas ya se retiran, las flores revisten de blanco las laderas del valle, no de almendros sino de cerezos.

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Entre el perfume de las flores con el pueblo de Jerte en el valle configurando un idílico y ameno paisaje. Ahora la ruta jalonada de cerezos se hace más cómoda y apacible.

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Otro chorrero o cascada. En los márgenes persisten los musgos y líquenes que colorean de verde las grises pedrizas.

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Cerezos de las laderas junto a una cabaña pastoril.

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Los campos de cerezos en las riberas del Jerte nos invitan constantemente a disparar la cámara. Una vez y otra…

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Y otra. Invitación que no podemos rehusar: Sierra de Gredos desde el Valle del Jerte.

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Contraste: Flores en el valle y nieve en las cumbres.

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La danza de las flores en el Valle. La ruta está llegando a su fin.

Pulse para ver la ruta (azul) en wikiloc

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Dolmen la Cueva del Monje

Dolmen Cueva del Monje en la Sierra del Molino

Salgo del pueblo por el cementerio para enfilar por la carretera de Burguillos. En la primera curva, junto a una nave de almacenamiento, abandono el asfalto para encauzar mis pasos por la suave bajada que sale a la izquierda. Enseguida llego a una fuente de agua potable con abrevadero de amplio pilón. Se trata del Pilar de Arriba. Cruzo el regato del mismo nombre por un pequeño puente de dos ojos para continuar por el camino arriba, que de inmediato se bifurca en dos ramales: El camino de Cubillo y el de La Zorra.

Pilar de Arriba y puente
Pilar de Arriba y puente

Elijo el más empinado de la derecha y mantengo la marcha por este tortuoso camino, que me conduce a pocos metros de la cima de Sierra Vieja. A medida que gano altura en continuo zigzagueo, puedo observar al volver la vista sugerentes perspectivas del pueblo que queda a mi espalda. Aprovecho para grabar en mi retina una preciosa instantánea de la pintoresca población con las casas apiñadas en torno a la iglesia y al amparo del castillo.

El pavimento conserva tramos del antiguo empedrado. Ancho y bien marcado, asciende flanqueado por cercados de olivos, almendros e higueras. En la vaguada se desarrolla algún huerto al que da acceso una rústica cancilla. Entre las piedras que bordean el camino, me llama la atención el color verde de los angüejos que las últimas lluvias hicieron brotar con profusión. En sus carnosas hojas en forma de embudo retienen el agua, pues su precario medio impide que el precioso líquido se mantenga al alcance de las raíces.

Vista del pueblo desde el camino de la Zorra
Vista del pueblo desde el camino de la Zorra

Corono por fin el puerto. Se trata de una collada que separa las alturas de Sierra Vieja y La Corona. Tras el remonte, me detengo para descansar y reponer fuerzas antes de acometer la conquista del pico culminante de todo el contorno. La belleza y amplitud del paisaje será superada por el que se adivina desde más arriba. Recuperado el resuello, me desvío por una senda que sale a la izquierda para afrontar el ascenso a la cima de la montaña.

En la ladera que mira al pueblo descubro algunos ejemplares de alcornoques, entre los que surge la silueta del enriscado castillo. Prosigo entre chaparros de buen porte sin abandonar la verea que me conduce a la cumbre señalizada con la geométrica construcción que indica el vértice geodésico (811 m). Me hallo en El Mirrio, donde puedo recrearme con la contemplación de la impresionante panorámica de las tierras circundantes, lo que justifica el apelativo de “Faro de Extremadura” aplicado a Feria.  A vista de águila, destaca la bella estampa del conjunto urbano asentado en un cerro a cuyos pies se extiende la llanura de Tierra de Barros y Campos de Zafra poblada de cereales, olivos, viñedos y manchones de encinares. Un territorio jalonado por los núcleos de población enclavados en estas feraces comarcas extremeñas: Almendralejo, Fuente del Maestre, Villafranca de los Barros, Los Santos de Maimona… con la Sierra Grande de Hornachos como telón de fondo. Hacia poniente la visión es diferente aunque no menos espectacular: un sucesión de montes y dehesas de encinas y alcornoques, que se pierden más allá de donde pueden alcanzar nuestros ojos.

Lástima que un incendio recientemente provocado haya dejado su negra sombra en estas alturas. Después de oxigenar los pulmones y de recrear los ojos con tan dilatado y relajante paisaje, emprendo el descenso para recuperar el camino abandonado en la collada y continúo la marcha cómodamente por seguir cuesta abajo. Viejos muros de piedra escoltan el sendero que ahora discurre por parajes más agrestes de encinas y jarales que se desbordan por los cercados. De su espesura llegan los trinos de diversos pájaros que ponen a prueba mi capacidad para distinguir las diferentes especies. También puedo observar, cerniéndose en el cielo, la silueta de un zurrimicle, que tendrá el nido en las escarpaduras de la sierra.

Sierra Vieja desde la Sierra del Molino
Sierra Vieja desde la Sierra del Molino

En el suelo me sorprende la fugaz aparición de algún conejo que se pierde con presteza entre la espesa vegetación serrana. El cuchichí de las perdices me llega con nitidez desde algún seto cercano y, al acercarme, se precipitan vertiginosamente ladera abajo. El agudo tintineo de los charquines contribuye al solaz de los sentidos. De pronto el estridente graznido de una collera de gayos del campo alerta a los habitantes de la floresta de la presencia de un inoportuno visitante. También oigo el campanilleo de algún rebaño de cabras que pastan en las cercanías.

 Para facilitar el pastoreo y las labores agrícolas, ripios de piedra se amontonan en algún sitio formando majanos, alguno de ellos en restos de antiguas construcciones ya derrumbadas, sirviendo de refugio a los animales y entre cuyos resquicios surgen alguna esparraguera. Otras plantas silvestres salen al paso por doquier: chaparros, retamas, jaras, jaguarzos, cantuesos, torviscas, ardeviejas, lecheras… sin faltar el recatado tomillo que insinúa su presencia con la delicadeza de su perfume. Además de otras especies que la inminente primavera vestirá con sus mejores galas.

Primavera que ya anuncian los tempranos almendros decorando el panorama de la campiña que se extiende desde las faldas de la sierra hacia el sur. Se trata del valle por donde discurre el curso de agua conocido como La Rivera, que salva por el puente del Charco del Chorro la pista de La Lapa. Un recoleto y apacible pueblecito en la cañá que delimita la Sierra Alconera y una cadena de cabezos de menor altura. Más lejos se distingue también la ciudad de Zafra.

 Mientras bajo por el camino principal (en lugar de apartarme a la derecha por el conocido de Catameque, que a través del valle de Las Viñas y el Cabezo Suárez llevaría directamente a la Sierra del Molino), me tropiezo con un pastor que regresa con su rebaño de cabras. Animales estos muy adaptados a estos rústicos predios. Un territorio habitado y transitado desde tiempos inmemoriales por los agricultores y ganaderos de la zona. Los instrumentos prehistóricos encontrados, así como el mismo monumento que me dispongo a visitar, revelan la existencia en estas breñas de pobladores humanos hace más de cinco mil años.

Buharda de la Murta en la falda de Sierra Vieja
Buharda de la Murta en la falda de Sierra Vieja

Diversas construcciones de piedra, me relatan las costumbres y faenas a las que se han dedicado los vecinos desde que se aposentó en estos parajes y su relación con la naturaleza: puentes, cercas, calzás, aguardos, cancillas, majanos, cabañas, corralizas, hornos, pilares… o antiguas eras, formadas por bancales para nivelar el pavimento, destinadas a la trilla del cereal y las legumbres tras la siega. En el paraje conocido como La Murta descubrimos otra típica muestra de la arquitectura popular como son los chozos de piedras o buhardas. Este sin enlucir con falsa cúpula cubierta de barro, con jambas y dintel en la portada protegida por un corralillo exterior a modo de vestíbulo.

 Su recuerdo y conservación es tarea de todos. Lástima que nos hayamos decantado por su olvido y destrucción. Como alguna sencilla casa de campo con su tinajón, por desgracia muy deteriorada y en estado ruinoso, que refleja como un espejo el abandono en que se va hundiendo nuestro patrimonio etnográfico sin remedio. Prueba de este desinterés son las frecuentes visitas de los “cacharreros” para comprar por cuatro perras preciosas muestras de este rico patrimonio que luego venderán los anticuarios a precios exorbitantes. Para mi consuelo, la naturaleza me regala generosa su renovada riqueza con algunos interesantes ejemplares salpicando el paisaje: Cornicabras, tileros, lentiscos, galaperos, madreselvas, zarzaperros entre otras especies herbáceas y arbustivas más abundantes, que ponen un toque de esperanza, colorido y amenidad en el paisaje.

Era del Camino de la Zorra
Era del Camino de la Zorra

El camino, que no he abandonado hasta ahora, sino para subir la cima de Sierra Vieja, desemboca en otro de mejor estado: se trata del Callejón de Sevilla por el que avanzo unos pasos. La floración de los almendros convoca un zumbido de insectos que pueden resultar peligrosos. Las laboriosas ovispas (abejas) que pululan por la zona bien saben de la riqueza botánica de la sierra; desdeñada por el hombre que se empeña en destruir con actividades como la caza exhaustiva, la deforestación sistemática y el fuego intencionado. A la izquierda distinguimos una colmena de panales o marcos móviles que han sustituidos a los primitivos corchos. La apicultura, ya en regresión, era una de las actividades tradicionales de la localidad. Emplazada en El Alcornocal, el mismo topónimo nos informa del que antaño sería árbol dominante de este degradado paisaje.

 Pero antes de alcanzar este cauce, localizo a la izquierda un par de casas de campo: una más remozada y encalada y la otra de aspecto más descuidado. Es el momento de dejar el camino, que nos llevaría al pueblo mencionado, para acercarnos al dolmen, objetivo principal de nuestra excursión. Para ello debemos sortear o saltar la cancilla de hierro que se encuentra a la derecha, cerca de las casas. Desgraciadamente, las agresivas alambradas han sustituido a los tradicionales muros de piedra que hasta el momento cercaban las parcelas. Sin abandonar las roás o rodales marcados en la finca nos dirigimos hacia el valle que se encuentra hacia la ladera de poniente tras remontar un pequeño ribazo.

Casas de campo cerca de la Rivera
Casas de campo cerca de la Rivera

Cerca del arroyo de las Viñas, en el valle homónimo, descubrimos otra buharda que nos servirá de referencia para llegar al dolmen. Este se encuentra justo al otro lado de este regato estacional, y aproximadamente a la misma distancia que la pétrea construcción pastoril. El monumento prehistórico es muy difícil de distinguir oculto entre las retamas que proliferan en sus inmediaciones. Cerca se encuentran varios fresnos y algún esbelto chopo como vestigio de lo que antaño debió ser un exuberante bosque ribereño al arrimo del humedal. En la actualidad, cada vez más escasos por la desafortunada intervención del hombre que sigue abatiéndolos y ensañándose con ellos acelerando la erosión y el empobrecimiento del terruño.

Algo más abajo se encuentra un puentecillo que nos facilitará cruzar el riachuelo, oculto entre la maraña verde de aldefas y zarzales. Debo de encontrarme en las inmediaciones del dolmen. Pero antes de llegar al puente otra alambrada de espinos me corta el paso; así que intento vadear el regato por un paso de ganado junto a un viejo chopo. En cualquier caso, sin  perder de vista el chozo de piedra que al otro lado me sirve de referencia.

Subimos una pequeña prominencia y buscamos un acceso para evitar los alambres. De pronto entre unos matorrales, nos topamos con el dolmen (del bretón dol ‘piedra’ y men ‘mesa’) conocido popularmente como Cueva del Monje. Está formado por siete grandes bloques de pizarra (megalitos) a modo de recinto o cámara de planta poligonal con un corto corredor, pero le falta la cubierta o gran losa que en posición horizontal se apoyaba sobre las verticales. En su origen, estaba como la mayoría de ellos bajo un túmulo que destacaba en el entorno. Su función no era exclusivamente funeraria: Además de servir para entierros sucesivos, era un centro de culto que reforzaba la identidad del grupo marcando el territorio en el que se asentaba con una inviolable voluntad de permanencia.

Este monumento, que ha llegado hasta nosotros a pesar de tanta incuria (si bien incompleto y expoliado como tantos por buscadores de supuestos tesoros), es testigo y testimonio del asentamiento humano en estos parajes desde que abandonó la vida nómada y se hizo sedentario, dedicándose a cultivar la tierra y a domesticar los animales, a segar los cereales y a moler el grano con utensilios (hoces, hachas, morteros) de piedra.

Dolmen Cueva del Monje en la Sierra del Molino
Dolmen Cueva del Monje en la Sierra del Molino

Aquí podía disponer de todo lo necesario para subsistir sin incertidumbres ni sobresaltos: Valles feraces y verdes colinas, corrientes transparentes y fuentes de agua refrescante, vergeles y praderías para el ganado, cerros para la defensa y piedras para sus viviendas y herramientas, caza y pesca en abundancia, frondosos bosques y vegetación exuberante, frutos a granel y leña para cocinar y calentarse. Arraigados es un entorno paradisíaco del que no podían ser expulsados porque allí habían nacido y seguían alojados sus ancestros (para ellos desde la creación del mundo). Muestra de ello era esta tumba hincada en la Madre Tierra y destinada a albergar en su matriz (no en vano adopta esta forma) el cuerpo místico de los antepasados para que fueran engendrados a una nueva vida, en otra dimensión.

El dolmen, templo-útero divino, está siempre vinculado a esta diosa de la fertilidad: La tierra como generadora de la vida de las plantas, se asimila a la fecundidad de la mujer, fuente de la vida de los hombres. Además su entrada está orientada al sur-este (al sol naciente en el solsticio de invierno), pues el renacimiento del astro rey (dios padre, principio masculino) tras el invierno propiciará la regeneración de la naturaleza y de la vida. Una vida perdurable como la piedra de esta obra imponente (para las posibilidades de la época) y sólida; capaz de resistir como ninguna otra obra humana el paso del tiempo.

La semilla ha de enterrarse para que germine y fructifique. Así también, el hombre, nacido de la tierra, regresa a su seno maternal al morir para renacer en su momento, como la espiga y la flor en primavera; como renace el sol y vence las tinieblas de la muerte cada día, cada año. El eterno retorno en el que los ritmos biológicos de animales y plantas (nacimiento, vida, muerte, renacer…) se vinculan con el movimiento cíclico de los astros en el firmamento: solsticios, estaciones, salida y puesta del sol, etc. Por eso se asienta en un punto estratégico de especiales condiciones, al concentrar y canalizar favorablemente las corrientes telúricas del subsuelo. Enclave privilegiado que con frecuencia se ajusta a un determinado patrón: Sobre un montículo al amparo de una sierra, en las cercanías de una fuente o un arroyo que discurre suavemente desde un punto donde resulte visible el territorio enmarcado por una serie de montes y colina, donde se diseminan algunas chozas y cabañas.

Pilar de la Fontanilla en la Sierra del Molino
Pilar de la Fontanilla en la Sierra del Molino

Abandono estas piedras milenarias hasta encontrar el puentecillo situado corriente abajo y sobrepasar por una verea la cresta de la Sierra del Molino. Desde aquí puedo distinguir las cotas de sugerente toponimia que rodean el lugar: la Sierra del Palacio, la Bejera, la Pascuala… el Cabezo del Espino. Sin abandonar el sendero, me acerco al pequeño embalse conocido como Albuhera Nueva en la cabecera del río Guadajira, donde sorprendo a varias parejas de patos que alzan el vuelo al barruntar mi presencia. He llegado al final del trayecto. Retrocedo sobre mis pasos hasta La Fontanilla, un pilar situado en las proximidades del dolmen que me reanima con un refrescante sorbo de agua. Desde aquí, decido regresar por el cabezo Suárez, hasta empalmar con el Callejón de Sevilla. Siempre con la vigilante esfinge de Sierra Vieja, que presenta la mole de su robusto lomo recortándose en el horizonte. Guardiana del secreto de los hombres y mujeres que la eligieron como ídolo protector de la tribu, de su ganado y de su cosecha; espectadora impasible de sus trabajos y de sus días, de sus regocijos y ceremonias, de su vida y de su muerte… Gran-diosa tutelar que conecta el mundo subterráneo con la bóveda celeste.  El dios solar declina en el horizonte. La paz reina en el clan tras las faenas cuotidianas.

Pero no falta mucho para que ruido de metales resuene en la distancia. Flamantes armas de bronce, elitistas y costosas, echarán chispas en manos ajenas quebrantando la serena placidez de la naturaleza. Las creencias inmemoriales, la adoración a la Naturaleza (sol, tierra, ríos, montañas…) y los rituales ante la tumba de los ancestros allí inhumados caerán en el olvido. Se implantará un nuevo sistema basado en el sometimiento de los pacíficos campesinos al impetuoso y arrogante caudillo; el cual se erigirá en su fortín  como representante e intérprete de la voluntad de los nuevos dioses más intolerantes y vengativos. También acaparará los bienes además del poder (estelas de guerreros enarbolando sus armas). Y como consecuencia, se afianzará el dominio y la sumisión, el privilegio y la desigualdad, el individualismo y la rivalidad… Con la transmisión de estos “valores” a las nuevas generaciones.

Camino entre olivos y almendro por el Cabezo Suárez
Camino entre olivos y almendro por el Cabezo Suárez

Si los viejos levantaran la cabeza…  Me contaron que zahoríes modernos como radiestesistas y geobiólogos, al sondear estos monumentos megalíticos, han sentido reacciones muy fuertes en sus inmediaciones. Bajos sus mágicos efectos, me dejo llevar en la nube de mis ensueños y especulaciones intentando descifrar el misterio de estas piedras. Después de un corto trecho por Las Viñas, tuerzo a la derecha siguiendo la estela del camino de Catameque para alcanzar el alto de La Zorra hasta el Pilar de Arriba. Alguien rompe el sortilegio haciendo que ponga los pies en la tierra al preguntarme que si vengo de por espárragos.

Mapa de la ruta

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